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Hace unos 2000 años nacía un niño en Belén, una pequeña ciudad de la provincia romana de Judea. Pocos podían sospechar entonces que en aquel niño, a quien llamaron Jesús, latía el misterio de Dios, y que su mensaje iba a cambiar el curso de la historia.
Te proponemos conocer mejor su tierra, las gentes con las que convivió, el gozo y el esfuerzo de la vida cotidiana, redimida por la fuerza del amor. Imágenes de una tierra y de sus gentes, recreadas en nuestro Belén, que tal vez, desde su ingenua belleza, remuevan algo en tu corazón y en tu vida.
LA TIERRA
Palestina ocupa apenas 33.000 Km2 de extensión. Montaña, desierto y fértil tierra de cultivo conforman un paisaje cambiante Y peculiar. Desde tiempos antiguos fue escenario del diálogo salvador de Dios con el pueblo de Israel. Su condición de paso obligado de importantes rutas comerciales hizo de ella una tierra codiciada y atormentada. Jesús contempló estos paisajes, recorrió estos caminos y amó esta tierra que fue la suya.
El nacimiento de Jesús aconteció en tiempos de Herodes el Grande, posiblemente unos pocos años antes del comienzo de nuestra era.
Judea era entonces una de las provincias del Imperio Romano, que dominaba toda la cuenca mediterránea. Las relaciones con los romanos fueron tensas y difíciles, y los conflictos frecuentes. La lucha por la libertad, la exaltación nacionalista y el rechazo de la ocupación romana prendieron con fuerza en muchos contemporáneos de Jesús. Al cabo, el difícil equilibrio político tuvo mucho que ver con su trágico final en la cruz.
LA CIUDAD
Jerusalén era la capital religiosa y política. Sólidamente amurallada, albergaba en su recinto lujosos palacios, notables obras hidráulicas y la inmensa mole del Templo, cuya reconstrucción culminó Herodes el Grande. Hacia el santuario confluían, en las grandes fiestas, riadas de peregrinos, procedentes de los cuatro puntos cardinales. También Jesús visitó en numerosas ocasiones Jerusalén, se hospedó en sus casas, enseñó en los atrios del Templo y experimentó la oposición de los poderosos grupos que controlaban la vida religiosa, económica y política de la ciudad.
El Jordán es el único río de la tierra de Jesús. La recorre de norte a sur, desde el lago de Tiberíades hasta su desembocadura en el Mar Muerto. Sus riberas son lugar de encuentro para quienes tienen inquietudes religiosas y buscan en sus aguas el símbolo de la renovación interior. Jesús recibió el bautismo del profeta Juan en uno de sus remansos, cerca ya de donde el río se adentra en el Mar de la Sal.
LAS GENTES Y SUS TRABAJOS
El cultivo de la tierra, el pastoreo y la pesca en torno al lago de Galilea abastecían a la población, y permitían también intercambios comerciales. El contacto con estas actividades dejó una profunda huella en Jesús, que frecuentemente trasmite su enseñanza apoyándose en imágenes tomadas de la vida cotidiana de las gentes.
Los primeros discípulos de Jesús fueron pescadores, y juntos navegaron por las aguas del lago de Tiberiades, compartiendo trabajos y alegrías.
Muchas personas trabajaban elaborando cuanto era necesario para la vida cotidiana: Herreros, alfareros, carpinteros, tejedores y otros muchos artesanos fabricaban y reparaban herramientas, aperos de labranza, útiles domésticos... José, esposo de María, era artesano de la madera, y de él aprendió Jesús este oficio, trabajando en el taller hasta que comenzó su vida pública.
Como en todas las sociedades, también en Palestina se hace necesario el intercambio de productos del campo y objetos artesanales.
Los mercados eran habituales en los pueblos y ciudades de la tierra de Jesús. Tejidos, cacharros, herramientas, frutas, animales y toda suerte de productos se vendían en puestos instalados en las calles y plazas.
La vida de las mujeres era dura. Empleaban la mayor parte de su tiempo en los trabajos domésticos y en las labores agrícolas. Se ocupaban de hilar, cocinar, moler el grano, amasar el pan, y tantas otras tareas, necesarias para hacer de la casa un hogar.
No es difícil imaginar a María, la madre de Jesús, realizando estas tareas y explicando a su hijo como hacer fermentar la masa, o mantener encendida la lámpara del hogar. En sus enseñanzas hay ecos de esta entrañable vida cotidiana sustentada por el amor de la madre.
Los objetos familiares y queridos que forman parte de cualquier hogar. Sencillez y pobreza en la que se desenvuelve la vida de la mayoría de la gente. Tinajas y barreños, lámparas y candelabros, ropas y muebles, acompañan la vida, formando parte de ese paisaje familiar y hogareño que nos envuelve. Con mirada profunda es posible captar en ellos el valor de los pequeños gestos, la densidad de lo cotidiano, la belleza de lo sencillo .
Aunque los viajes eran lentos y peligrosos, siempre había gentes en los caminos. Los judíos piadosos peregrinaban hacia Jerusalén en las principales fiestas, y las relaciones comerciales con otros pueblos eran intensas y frecuentes. Palestina estaba atravesada por importantes vías, a través de las cuales circulaban los más variados productos, algunos traídos desde lejanas tierras orientales. Las caravanas, como la de nuestros Reyes Magos, debían ser una imagen habitual en la tierra de Jesús.
EL NACIMIENTO
En los viajes era necesario buscar cobijo para pasar la noche al abrigo de las inclemencias y de los salteadores. Las posadas o albergues permitían descansar a personas y animales. Cuando José y María llegaron a Belén, no encontraron lugar donde alojarse. Después de llamar a muchas puertas sin resultado, encontraron refugio en una oquedad natural aprovechada como establo. Allí le llegó a María el tiempo del parto, y en medio de esta suma pobreza y sencillez nació Jesús.
Hemos llegado al final de nuestro recorrido. Tierra bendecida por Dios, gentes que luchan y aman, pueblo que anhela salvación... ¡Ha nacido un niño! En su llanto entrecortado, en su ternura y desvalimiento hay un mensaje de esperanza: "Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador". Humildes comienzos para quien había de sembrar en los corazones el mensaje que más hondamente ha calado en la historia.
Nuestro Belén nos ha permitido acercarnos a Jesús, a su tierra, a sus gentes.
No son sólo recuerdos del pasado, porque la vida de Jesús no deja a nadie indiferente.
Tal vez hoy nos pregunte el mismo Jesús, como un día preguntó a los que le seguían,
"Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?"